EL AGUA, UN ELEMENTO TARKOVSKIANO EN CONSTANTE TRANSFORMACIÓN

Por Carlos Tejeda

Los cuatro elementos –agua, tierra, aire y fuego– impregnan las imágenes de los siete largometrajes de Andréi Tarkovski. Sin embargo, el agua, que el artista muestra en sus diferentes estados, adquiere una especial relevancia por sus múltiples significados.

«La objetividad es siempre la de un autor, es decir, es subjetiva», escribe el cineasta. Esta reflexión se hace extensiva al espectador, cuya mirada está condicionada por sus propios códigos internos, también subjetivos.

Las películas de Andréi Tarkovski son representaciones del ser humano frente a la naturaleza. Una naturaleza en constante cambio cuyos fenómenos, al estar presentes en su cine, hace inevitable la interpretación. Aunque el cineasta siempre negó cualquier tipo de alegoría, hay inherente una intención estética, poética o procedente del propio subconsciente. Aspectos que acrecientan el misterio, cualidad intrínseca en toda obra de arte. Sin embargo, solo hay una verdad, la del creador, y después cada espectador la interpretará a su manera.

El agua es el elemento por excelencia en la naturaleza tarkovskiana, que implica vocablos como fluir, renacer, vida. Y la lluvia, quizá la manifestación más característica de su cine, posee un sentido de purificación.

Del cielo…

Llueve sobre Iván y su hermana mientras viajan en la carga de una camioneta que transporta manzanas, en la secuencia del tercer sueño de La infancia de Iván (1962), quizá para enfatizar la pureza de una niñez destruida por la guerra. Llueve en Andréi Rublev (1966), y los tres monjes, Andréi, Kiril y Daniel, se refugian en un cobertizo, donde, ante unos campesinos, un bufón entona un monólogo satírico sobre los boyardos. Y después el silencio, solo roto por el repiqueteo de la lluvia. Lluvia que adquirirá un carácter trascendental cuando le indique al joven Boriska el barro idóneo para fabricar la campana.

Llueve en Solaris (1972), y Kelvin deja que las gotas empapen su cuerpo mientras observa como éstas diluyen los restos de café en una taza, abandonada sobre la mesa de la terraza en la casa paterna. Y también en el interior la lluvia hace acto de presencia y cae sobre el padre, que ojea unos libros mientras su hijo le contempla a través de una ventana. Una catarsis que presagia el reencuentro de ambos. Quizá la única certeza que halla el protagonista en su crisis existencial.

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